Comienza la acción.

El
ritmo se vuelve trepidante. Vemos como las paredes comienzan a derribarse sobre
el héroe, que se ve obligado a pasar corriendo delante de las flechas. Se usan
varios planos rápidos que muestran los obstáculos que ya conocemos.
Hasta este punto el suspense ha ido aumentando poco a poco hasta llegar a un nivel en el que no tenía otra salida que estallar. Todo esa tensión contenida se torna en acción de una manera natural. Nos hemos detenido en todos los planos anteriores para que ahora verdaderamente tenga sentido esta escena de pura acción. Antes se ha dado una importancia independiente a cada elemento (el foso, los dardos de las paredes...) ahora Indiana deberá recorrer todos y cada uno de esos elementos que ya conocemos de un tirón y enfrentarse sin tiempo a mirar atrás.
Pasamos al plano en contrapicado desde el foso. El otro ya está saltando. El
tronco se rompe y se queda con él en la mano. El colmo de la torpeza, le ha
puesto en apuros al héroe.
Llegamos al momento de la segunda traición. Indiana se ve obligado a darle el ídolo. “No hay tiempo para discutir” dice el otro. Y es que, mientras lo dice, en primer plano, vemos al fondo como empieza a caer la puerta, la famosa puerta de Spielberg que variará el ritmo a gusto del director.
El traidor le espeta “Adiós, Señor” (en castellano en la original) y se
va. Jones es un personaje que continuamente es traicionado. En la tercera
entrega le traicionan tanto su compañera como la misma persona que le ha
contratado. Al final de esta película le traiciona el servicio secreto que
guarda el arca en su poder en contra de lo prometido.


Indiana
no se queda parado, decide saltar y se queda suspendido. Vamos viendo
intercalados planos de la puerta cerrando que de ninguna manera se mueve con
velocidad realista, tarda mucho más de lo que debiera por la velocidad que
vemos. Pero eso no importa, Spielberg lo sacrifica en favor de la emoción. Esto
también ayuda a crear una cierta sensación confusa, como de pesadilla.
Indiana se agarra a unas raíces, sonríe ampliamente y entonces las raíces empiezan a salirse haciéndole retroceder. Indiana escala por la raíz en un gesto muy parecido al que usará después bajo el camión escalando por el látigo.
Aquí tenemos uno de los muchos momentos de humor visual de la saga, una tendencia que se multiplica notablemente en las siguientes entregas.
Pasa justo a tiempo, como mandan los cánones, pero tiene tiempo de recoger el látigo. Este gesto elegante se repetirá en El templo maldito pero con el sombrero.
De
golpe el traidor muerto. En lenguaje de aventura se puede decir que se ha hecho
justicia. Rara vez es el propio Jones el que se toma la justicia por su mano,
sólo en defensa propia. Recordemos que al anterior traidor lo ha dejado ir, sin
embargo, los personajes malvados siempre van recibiendo su merecido, casi
siempre a causa de su avaricia, cegados por el mismo objetivo que
persigue Jones quien siempre es capaz de conseguir la distancia suficiente para
no esclavizarse por sus obsesiones, aunque suele rozar los límites. Lo vemos
claro en la tercera entrega cuando ella muere por intentar conseguir el grial
pero Indiana, gracias a la serenidad de su padre se salva de la obcecación.
Belloq le dirá más adelante en esta película que son casi iguales y que le
falta muy poco para que se aparte de la luz. Una idea muy similar a la
mostrada también por Lucas en la saga de La guerra de las galaxias.
A Indiana le impacta la visión del cadáver, no quería ese final, y exclama “Adiós estúpido” (en un dudoso castellano en la original).
La bola de Indiana Jones.
Pocos
momentos son tan recordados como la bola tras Indiana Jones. Ocupa uno de los
primeros puestos en la historia del cine. Comienza, como no puede ser de otra
manera, con el rostro completamente impresionado y aterrado de Indiana. Una vez
más vemos primero el efecto en los personajes y después la causa. El efecto en
este caso es el más grave que hemos visto hasta ahora, la cara de Ford es de
una intensidad suma. Y la causa es completamente contundente.
Este concepto de huída tan visual, casi de pesadilla, ya lo habíamos podido ver en “Viaje al centro de la tierra” de Henry Levin (1959), aunque no resultaba tan espectacular. Sin duda aquí ayudan los fabulosos planos de Spielberg que forman una sensación surrealista de la persona bajo un peligro "aplastante". Nadie que vea esta película puede olvidar este momento.

Vemos varios planos con la bola siguiendo estresantemente cerca al héroe que corre torpemente apartando las telarañas. Está terriblemente polvoriento y desorientado, ya no tiene el control de la situación pero a pesar de ello consigue salvarse llevado por su instinto de supervivencia. Todo un desastre de un héroe nada perfecto. Finalmente salta fuera de la cueva y la bola precinta la entrada. No tenemos tiempo de descansar, el primer clímax ha terminado, el importante, pero aun tenemos que ver una segunda huída. Si hasta ahora hemos tenido una presentación del héroe, tensión, fracaso y huída descontrolada, ahora tendremos el mismo esquema, en menos tiempo y la presentación será la del antagonista.

Antes
de nada vemos a los peligrosos hovitos, de quienes ya teníamos constancia por
el dardo del principio. Un buen momento para ajusticiar al primer traidor, por
si alguien creía que podía irse de rositas, no hay villanos sin merecido en
estas aventuras. Aparece muerto exageradamente acribillado por dardos, casi de
forma caricaturesca. Así se resuelven dos cosas, por un lado el traidor muere y
por otro vemos la letal eficacia de esta tribu.
Aunque lo verdaderamente importante de esta parte final es la presentación de quien será el antagonista. Esta es la única de las tres partes realizadas hasta ahora en las que el antagonista hace su aparición en la introducción. Belloq, el competidor francés de Indiana. Como vemos, no tiene escrúpulos en dejar que haga el trabajo peligroso Jones para robarle el premio con malas artes. Lo volverá hacer más adelante con el arca.

Aparece
precedido por sus botas y da muestras de conocer a Jones y ser su habitual
enemigo. Su imagen es tan caricaturesca como la de Indiana. Lleva la
típica indumentaria de explorador, de maneras más remilgadas, él no se mancha
el traje, en contraste al desastroso aspecto del héroe cubierto de telarañas.
Nos demuestra que conoce la lengua de los hovitos, cosa que no se puede decir de nuestro héroe, con esto queda claro que puede que utilice malas artes pero eso no quita para que sea un rival completamente a la altura de Indiana, al menos en el intelecto, no sólo conoce ese dialecto perdido sino que ha sido capaz de embaucar a toda la tribu para manejarlos a su antojo. Así que arrebata el ídolo a Indiana en una escena de derrota absoluta, que no volverá a conseguirlo. En general en la mayoría de los casos Indiana nunca termina conservando aquello por lo que lucha, se puede decir que es un perdedor nato y sin embargo su carisma, su estilo y sus buenos actos hacen que siempre nos parezca un ganador, que nos conformemos con que toque brevemente la meta y con que conserve su vida, y si se tercia, a la chica. En este caso, el objetivo era conseguir el ídolo dentro de esa terrible gruta, ahora que el reto está cumplido el objeto en sí es lo de menos. No interesa, esa fase ha terminado. Ahora interesa que el héroe conserve su vida. El juego está ganado.
Otro
plano que no necesita palabras, de hecho las palabras están en hovito: Belloq
levanta el ídolo que vemos en primer término y al fondo los hovitos se echan al
suelo. Casi vemos la mirada de un dios, desde lo alto. Abajo el pueblo
inclinándose.
Indiana aprovecha para huir, será la última persecución que nos queda para la introducción. Belloq hace un gesto que indica a sus hombres, y al público, que Indiana debe morir. Para él no es crucial que Indiana muera pues ya tiene lo que quería, pero no tiene reparos en matarlo para evitarse futuras complicaciones. No tiene la más mínima deportividad ni respeto a sus adversarios. Es el perfecto antagonista, compartiendo habilidades y objetivos con Jones es la antítesis de su personalidad.
En
el siguiente plano vemos la tremenda avaricia de Belloq que más adelante
le costará la vida. Sostiene en su mano el ídolo al que mira y ríe de manera
enfermiza, una absoluta caricatura de villano de película. Mientras lo hace
avanza hacia la cámara a la vez que vemos a los hovitos correr por
detrás para alcanzar a Indiana, pues este plano no debe cortar la acción.
El sombrero le ensombrece los ojos, lo que le da un tono más terrible a sus
carcajadas.
Vemos la persecución, a la que no se le da un tono de tanta tensión como a lo que hemos visto hasta ahora, es más ligero. Nos sirve para recorrer el camino hacia atrás pasando por los puntos importantes. Cuando pasa el grupo por la imagen de roca salen unos murciélagos. Vemos también a los burros.
Pasamos
a un plano de un hidroavión en el lago con un tipo pescando con una camisa
hawaiana que continúa con el nuevo tono ligero. Realmente resulta un tanto
absurdo que lo que había parecido un largo camino con burros, guías, etc. se
resuelva con un regreso tan inmediato en hidroavión.
La persecución ligera se va tornando en cómica con un piloto que no quiere dejar su caña y su presa, por si sobrara algo de tiempo en esta frenética huída. Vemos un imponente gran plano general con indiana corriendo y los hovitos formando casi una línea de batalla al fondo. Incluso dentro de esta persecución de grandes superficies y con tono más ligero se cuida el detalle: en todo momento vemos como de Indiana sale el polvo blanco que ha acumulado en la gruta. El efecto es además vistoso, parece echar humo en su huída. Dentro del gran plano general también se puede apreciar (aunque no muy bien en la fotografía por la falta de movimiento).

Un
último gesto de héroe, de tarzán concretamente, con la liana que se engrandece
con la primera muestra de la conocida melodía, nos lleva a un desenlace a nado
hasta el avión y huída definitiva, sin el ídolo pero con su vida a salvo. Esas
notas hacen aquí una discreta aparición aunque luego se convertirán en el
sinónimo musical de la aventura.
Mientras
nos sigue acompañando el que será el tema principal queda tiempo para un
pequeño gag más y la última y necesaria presentación del héroe: su necesario
punto débil. Indiana Jones, que no le teme a nada, tiene pánico a las
serpientes. El piloto se atreve a decirle “no seas tan cobardica, hombre”.
Un
bello atardecer en tonos marrones nos indica que la aventura ha terminado por
hoy y el toque sutil de una campana nos lleva directamente a la universidad del
otro doctor Jones, el que usa gafas, sin que ni siquiera dé tiempo a terminar
el tema musical. Está claro: no habrá un tiempo muerto en toda la saga. Pero,
en cualquier caso, la maravillosa introducción ha finalizado.
Confío en que este texto haya sido del agrado del lector admirador de Indiana Jones, y especialmente que haya podido servir para motivar la admiración de alguno que otro.
Sherlock para
www.precriticas.com
Junio de 2007